Hace más años de los que me gustaría reconocer tuve la oportunidad de ver un cuadro de Jackson Pollock. Al verlo de lejos me pareció que solo se trataba de una superficie casi uniforme de un tono aproximadamente gris. Una de las personas que iba en el grupo, que tenía conocimientos de pintura, una cosa de la que yo carecía y sigo careciendo, nos hizo notar que, si observábamos el cuadro de cerca, nos daríamos cuenta de que, en realidad, no era una superficie gris, sino que se componía de una multitud de manchitas muy pequeñas (en comparación con el conjunto) de colores vivos. Me sentí algo impresionado, al mismo tiempo gratamente engañado, y reconocí la genialidad de la idea. Una cosa que puede parecer muy variada y colorida en detalle, con una visión global aparece uniforme y, por qué no decirlo, tremendamente insulsa.
Mucho tiempo después, nos encontramos en la época actual, una época de redes sociales y exhibicionismo ad nauseam, en una situación que me recuerda a aquella experiencia. No es que lo haya descubierto hace poco, sino que hace ya una larga, larga temporada, estoy observando en lo que se ha convertido la sociedad en la que me encuentro sumergido y, probablemente, tú también, si es que alguien llega a leer esto.
Si miras alrededor y observas atentamente, verás que la persona media que te rodea está sumergida en una obsesión por destacar por encima de los demás, pero de una forma que hace que se camufle en lo que resulta ser la tendencia general de cualquier ciudadano enrollado que se precie.
Cuando ven que alguien como yo se pone al alcance de su mirada, alguien que no sucumbe a los dictados de esa moda que te exige destacar de alguna manera por encima del entorno, sino que es un individuo gris, insulso, que no desea sobresalir de ninguna manera, te miran muy serios, aunque sin querer dejar que se note que te han detectado, y ponen una expresión ceñuda, casi agresiva, sin decir nada. Pero a mí me parece notar que se sienten superiores, porque se ven mejores, por encima de ese tipo extraño, casi alienígena. Y, llámame paranoico, muestran a su vez un disimulado indicio de desconfianza. Es como si no se fiaran de alguien que no se une a la tendencia que todos siguen. ¿Qué pretende este tipo raro? ¿Es que se cree mejor que los demás?
Por supuesto, lo que piensan es todo lo contrario de lo que ocurre. En un intento de no llamar la atención, el individuo gris (eso sí, de un gris auténtico), se hace notar inintencionadamente en medio de los que desean destacar con sus colores llamativos, con su “cosa” diferente de los demás, mejor que los demás, con sus conocimientos universales de cuñado, y que en conjunto los convierte en una masa informe que resulta en algo amorfo y sin sabor.
Y parece que te quieren gritar a coro: “¡No seas borrego y únete al rebaño!”

